Reflexiones colectivas a partir de la Experiencia Formativa “Psicología centrada en las mujeres e informada en trauma”
Sesión 7: martes 4 noviembre 2025
Facilitadora: Mtra. Daniela V. Cato | Transcripción, adaptación y edición: Dra. Bene Díaz
La experiencia formativa “Psicología centrada en las mujeres e informada en trauma” parte de la convicción de que la vivencia encarnada de las mujeres es el origen de la teoría. Por eso, es fundamental la acción de nombrar, reconocer y compartir la experiencia de nuestras cuerpas sexuadas y poner nuestra experiencia en el centro de la reflexión, con el objetivo de asimilar cómo el reconocimiento de la diferencia sexual nutre y potencia los acompañamientos que brindamos a otras mujeres.
El presente documento es fruto de los sentipensares de las compañeras de esta experiencia formativa. Entreteje lo compartido acerca de las maneras en que vamos intuyendo el pensamiento de la diferencia sexual.
La intención es que nos sirva como un referente; no sólo para seguir leyendo a otras autoras, sino, sobre todo, para releernos a nosotras mismas, por si alguna vez nos sentimos perdidas.
Ginealogía del pensamiento de la diferencia sexual
Ignorar la diferencia sexual es una pretensión peligrosa, pues equivale a borrar la historia completa de las mujeres. Una historia marcada por la violencia, los abusos y la opresión, pero también por una rica historia de rebeldía, libertad y gozo. Toda esta ginealogía de mujeres es la que da sentido y materialidad a nuestro pensamiento. Reconocemos la genealogía de mujeres que han abierto camino. Destacamos tres autoras clave:
Carla Lonzi (1931-1982), crítica de arte y escritora italiana; cofundadora de Rivolta Femminile, autora de Escupamos sobre Hegel, quien rechaza la dialéctica masculina y reclama a la mujer como sujeta autónoma. Su pensamiento floreció en un contexto de efervescencia donde coexistían el radical estadounidense y el feminismo de la igualdad europeo.
Luce Irigaray (1930-), filósofa, lingüista y psicoanalista belga; autora de Speculum de l’autre femme (1974), que cuestiona el psicoanálisis freudiano-lacaniano y la exclusión de la mujer del lenguaje patriarcal, ruptura que le costó la expulsión de la École Freudienne.
Andrea Franulic Depix (1975-), pedagoga y doctora en lingüística hispánica chilena; cofundadora de Feministas Lúcidas, quien articula el “feminismo radical de la diferencia sexual” integrando el feminismo radical estadounidense, la escuela de Margarita Pisano y la teoría europea para el contexto latinoamericano (Incitada: Feminismo radical de la diferencia, 2021; Confesiones de una amante de la lengua materna, 2023). De esta manera, Andrea Franulic, junto con otras pensadoras como Jessica Gamboa y Marisol Torres, realiza una articulación maravillosa de estos dos pisos políticos. Este trabajo colectivo ha sido clave para crear formas de análisis pertinentes para la realidad de las mujeres en Latinoamérica.
Dialogar y reconocernos en las otras
Resulta importante considerar que el acercamiento al pensamiento de la diferencia sexual no siempre es sencillo; para muchas, ha representado un choque muy fuerte, un encuentro incómodo y generador de muchas dudas, especialmente cuando la trayectoria personal se ha posicionado en otras bases feministas.
Una vía poderosa para comprender la profundidad de la diferencia sexual ha sido hablar entre nosotras sobre cómo vamos comprendiendo los textos y disponernos a escucharnos, nutriendo la propia experiencia de vida y nutriendo nuestro acompañamiento a otras mujeres.
La invitación es a la apertura, a hacernos preguntas. Preguntas que quizás ya habíamos formulado y que ahora estamos replanteando, o preguntas que tal vez ni siquiera habíamos imaginado. Y si es posible, que gocemos mientras sucede.
Reconectar con la cuerpa
El pensamiento de la diferencia sexual nos convoca a un acto de toma de consciencia y atención profunda a la información y sabiduría que la cuerpa de cada una expresa, manifestada a través de sensaciones, emociones, percepciones y sentimientos.
La invitación es a volver a sentir en plenitud, reconociendo que nuestra cuerpa sexuada ha sido simbolizada de modos que nos alejan de nosotras mismas, que anestesian nuestro dolor e históricamente juzgan nuestro placer. La diferencia sexual se vive y se construye desde la experiencia, lo que nos abre a una profunda sabiduría encarnada. Nuestra comprensión de la cuerpa es clara:
- La cuerpa es la manera en cómo experimentamos la vida. Es el cómo y el desde dónde nos relacionamos con el mundo.
- La cuerpa es productora de subjetividad. Yo soy mi cuerpa; donde yo estoy está mi cuerpa.
- Nuestra disposición hacia el entorno es intrínsecamente distinta a la de los varones.
- No existen cuerpos neutros, la supuesta neutralidad siempre ha sido lo masculino.
Esta escucha de la sabiduría de la propia cuerpa, implica:
- Renunciar a la aprobación masculina y dejar de otorgarles el lugar de conocimiento de la salud, belleza y el bienestar de nuestras cuerpas.
- Denunciar la estigmatización histórica de los procesos orgánicos de las mujeres y el intento de regular o patologizar las experiencias de las mujeres desde la política masculina.
- Reconciliarnos plenamente con nuestra cuerpa en su totalidad, aceptando que somos adultas con vellos, grasa y madurez corporal natural.
- Reconocer que nuestra forma de acompañar y estar en el mundo es distinta cuando estamos ovulando, menstruales, en fase lútea, gestando, amamantando o en la perimenopausia o plenipausia. La situación hormonal particular modula el cómo acompañamos y esta misma situación atraviesa también la cuerpa y la experiencia de la mujer a la que acompañamos.
- Interrogar nuestros deseos, la elección de pareja, la sexualidad y la heterosexualidad obligatoria, ya que esta opera como un potente filtro cultural a través del cual vemos y vivimos nuestras cuerpas. Ha sido necesario preguntarnos: ¿De dónde provienen todas mis ideas sobre mi propia sexualidad? Así podremos desmantelar las estructuras internas que nos impiden experimentar plenamente nuestra cuerpa.
Reconocimiento del trabajo reproductivo como sostenimiento de la vida
Nuestra diferencia respecto a los varones radica en una materialidad socialmente encarnada y simbolizada culturalmente. Como mujeres, hemos sido históricamente una clase sexual explotada, una realidad que el feminismo materialista ha puesto en el centro del análisis.
Reconocemos que el patriarcado ha utilizado y manipulado los cuidados como una forma de explotación del trabajo femenino. Nuestra intención no es negar esta explotación, ni queremos repetir la política masculina que promueve el trabajo productivo como el único camino que las mujeres debemos transitar. Queremos rescatar la belleza y la importancia intrínseca de los cuidados, la biofilia o amor a la vida. Recuperar el valor que el trabajo reproductivo tiene para la continuidad de la existencia y para el sostenimiento de la vida y de la comunidad.
Somos diferentes a ellos y somos dispares entre nosotras
Para entender esta complejidad de la diferencia entre nosotras, las pensadoras de la diferencia sexual acuñan el concepto de disparidad. Este término se refiere a que, si bien compartimos la semejanza de ser mujeres, también somos incomparables entre nosotras. No somos una masa homogénea ni una “sola mujer”.
La propuesta de la diferencia sexual es encontrar modos de relacionarnos en disparidad sin crear jerarquías que justifiquen subordinación, clasificación y establecimiento de niveles de poder o estatus. Utilizar el término disparidad nos permite reconocer y honrar el “más de la otra”. Este “más” son esas cualidades particulares, ese conocimiento o esa capacidad única que cada mujer posee y que las demás no tenemos de la misma forma ni en la misma medida. Es lo que nos permite nutrir a las otras y a las colectividades donde participamos, desde nuestras propias características, sin que esto nos coloque ni arriba ni abajo.
Las pensadoras de la diferencia sexual reconocen la envidia como una emoción intrínsecamente asociada a la admiración, lo que muchas hemos experimentado como competencia o comparación. La invitación es reconocer la admiración detrás de esta emoción compleja, que puede ir acompañada de este reconocimiento del “más” de cada una y de las otras, para así habitar otras formas de relacionarnos entre nosotras.
Un elemento central de esta propuesta se nutre de conceptos como el de affidamento (nombrado por las feministas italianas) que significa confianza mutua, cuidado y alianza entre mujeres.
La disparidad en el vínculo terapéutico
La relación terapéutica es inherentemente una relación dispar. La mujer que acude a terapia va a buscar algo, va a buscar nuestro “más”, aquello que podemos aportarle a su vida. Y recíprocamente, ella también aporta un “más” a nuestro espacio y a nuestra vida como acompañantas. Es crucial reconocer que siempre es una relación de disparidad, pues somos distintas, pero esta diferencia no tiene por qué estar atravesada por la lógica del poder masculina que es jerárquica o supuestamente horizontal.
Crítica a la horizontalidad y la igualdad
Las teóricas de la diferencia sexual postulan que nociones como la horizontalidad y la igualdad son propias de una política masculina y representan una trampa dentro del orden simbólico androcéntrico.
Muchas de nosotras, provenientes de vertientes de los feminismos que dialogan con la lucha obrera y el marxismo, incorporamos estas nociones, sin embargo, la horizontalidad, ni la igualdad coinciden con nuestra realidad, son una ilusión. Aunque conceptualmente se usan para intentar oponerse a la jerarquía del poder masculino, son la reproducción de lo mismo, pues homogenizan y categorizan en modos supuestamente neutrales (masculinos).
- No queremos ser iguales a los hombres y no queremos los mismos derechos, porque no tenemos las mismas necesidades.
- Consideramos muy importante dejar de replicar un lenguaje de la igualdad, porque es una trampa del desorden simbólico masculino androcéntrico.
- Aunque formalmente se pretenda hacer creer que todas y todos tenemos acceso a los mismos derechos, esto es falso. El discurso sigue siendo androcéntrico.
Volver al origen: creación del orden simbólico femenino
El feminismo de la diferencia no busca dialogar con el patriarcado, sino generar un cambio de lógica radical. De aquí proviene la propuesta de hablar de un orden simbólico diferente: el orden simbólico de las mujeres.
Esta ordenación simbólica femenina sitúa las experiencias de las mujeres como máxima fuente de sentido y autoridad. Incluso desde el nombre, comienza esta nueva ordenación: lo femenino es entendido como todo lo relativo a las mujeres sin mediación masculina, así se toma distancia del feminismo radical que ha considerado “lo femenino” únicamente como un constructo patriarcal.
Desde la ordenación simbólica de las mujeres, lo femenino es el concepto central de nuestra experiencia, pues vivir siendo mujer es, en sí mismo, una forma de habitar el mundo. De modo que, todo lo que nace, viene, surge, hace, dice o piensa una mujer es femenino.
Para evitar las confusiones generadas por el desorden simbólico patriarcal, utilizamos la expresión “la feminidad libre”. Esta expresión nos permite distinguir nuestra soberanía encarnada de la impuesta “feminidad patriarcal”.
La creación del orden simbólico pasa por el lenguaje
El trabajo de María Milagros, Nombrar el mundo en femenino, nos muestra cómo sería vivir sin mediación masculina, reconociendo todo lo que es propio de las mujeres volviendo al origen de las palabras, además hemos recapitulado otras formas de recuperar el lenguaje femenino.
- Volver al origen: Esta búsqueda del origen la aplican a varios términos. La invitación es nombrar las cosas como son, es hacer coincidir la palabra con la cosa.
- Inventar palabras: En esta misma ruta, teóricas como Mary Daly proponen crear lenguaje inventando palabras para que haya una coincidencia precisa con la verdad que queremos nombrar. (ejemplos como academencia o falosofía)
- Recuperar arquetipos negados: El orden simbólico femenino implica la recuperación de arquetipos negados en el orden masculino, como las representaciones de las diosas o la palabra bruja, esto es regresar a un sentido original y, al mismo tiempo, resignificar.
El libro de Andrea Franulic que aborda la lengua materna nos da un profundo sentido sobre este cambio de orden simbólico. Existen realidades y experiencias que, dentro de la lógica patriarcal, carecen de sentido o son invisibles, pero que, dentro de la ordenación simbólica de las mujeres, adquieren un sentido totalmente diferente, porque hablan siempre de nosotras mismas, desde la experiencia. Una compañera con mucha alegría nos comparte, que ella vive como parte de esta lengua materna la capacidad de comunicarse y conectarse con otras mujeres de una forma casi “telepática”, esta experiencia es reconocida por varias de nosotras.
¿Qué significa ser mujer?
Este es el centro de la discusión histórica actual, donde el patriarcado ha sofisticado su estrategia vaciando de contenido la categoría mujer. Si no volvemos al significado encarnado, corremos el riesgo de caer en un feminismo sin mujeres, o como han denunciado algunas compañeras, el riesgo latente del borrado simbólico de mujeres que se manifiesta en lenguajes supuestamente neutros (como la “x” o la “e”).
La intención perversa de nuevamente invisibilizarnos en las lógicas lingüísticas dominantes puede servirnos para ver la potencia transformadora que necesitamos para expresar nuestro orden simbólico femenino. Para seguir cocreando un lenguaje que sí nos nombra, un lenguaje que corresponde con la vivencia experimentada por todas aquellas que vamos creando este sentido libre de ser mujeres.
Entonces así confirmamos la importancia del orden simbólico femenino, para evitar confusiones que más que apoyar, tergiversan la experiencia femenina como forma de estar en el mundo. Recuperamos la potencia de nombrarnos mujeres en correspondencia con nuestra materialidad y con el sentido libre de ser mujeres.
Reconocernos mujeres también implica crear estrategias para cuidarnos en un entorno violento. Es un acto de cuidado reconocer que hablar de estos temas se vive como peligroso en algunos espacios. Ha habido compañeras perseguidas, agredidas y que han perdido sus trabajos por nombrar las cosas por su nombre y poner en algunas discusiones palabras de orden simbólico femenino. Por ello, es vital reconocer en qué espacios podemos permitirnos esta apertura y cuándo es necesario replegarse, cuidar el discurso, o hacer ese silencio elegido que cuida nuestra vida. Lo más importante siempre será salvaguardar nuestra integridad y nuestra vida, eso también debe estar al centro.
Darnos autoridad
El patriarcado ha usurpado la definición de la palabra autoridad, diciendo que es la ejecución de un abuso de poder y dominación, cuando en realidad eso es autoritarismo. Darles autoridad y darnos autoridad a otras mujeres, significa acompañarnos y relacionarnos libres, ya que el origen de la palabra autoridad es: “hacer crecer”.
Cuando reconozco autoridad en otra mujer, o cuando otra mujer me autoriza, lo que hacemos es acompañarnos a crecer. En esa autoridad, reconocemos la disparidad y el poder de la otra, un poder que en su sentido original habla de la capacidad de crear, de ser autora.
Nos han enseñado que la autoridad es conferida por los “grandes autores”, lo cual reproduce la práctica de la interpretación que no respeta el valor intrínseco del discurso de la otra. Esta lógica de interpretación se convierte en una forma de invalidar lo que la otra propone, para que el intérprete imponga lo que “realmente es”. ¿Con qué derecho se puede hacer eso de interpretar? Lo más relevante no es la teoría, la profesionalización y los textos, sino lo que estoy sintiendo, lo que estoy sentipensado con la cuerpa.
Libertad en relación
Las pensadoras de la diferencia sexual sostienen que las propuestas de liberación y emancipación son parte de la política masculina. Si bien fueron caminos recorridos por feministas de la primera y segunda ola (según una clasificación eurocéntrica que no incluye todas las perspectivas territoriales), quienes usaron estas palabras como vías para conquistar derechos, la crítica es que ambas palabras representan una propuesta individualista, que pertenece a la lógica masculina del Estado, la democracia y otros mitos modernos.
La lógica del libre mercado promueve la falacia de que “eres libre para lo que quieras”. De este modo, la supuesta libertad se convierte en una excusa para imponer diversas formas de violencia. Por ejemplo, esta lógica sostiene tanto la propuesta de las identidades de género, que promueve la desarticulación de la categoría mujer, como la defensa de la esclavitud sexual y la apología a la cultura de la violación.
Desde la política masculina, el poder que justifica esta libertad opera mediante la lógica de someter, subordinar, violentar o destruir, ordenando así el mundo y las relaciones. No obstante, si volvemos al origen, la palabra poder tiene un significado muy diferente: es la capacidad de hacer, una fuerza creadora vital.
La propuesta de las pensadoras de la diferencia sexual es no dialogar con el patriarcado. Entonces, no se trata de liberarse, ni de tomar el poder en sentido masculino sino de reconocer que ya somos libres y de descreer lo que el patriarcado nos ha dicho sobre nuestra falta de libertad. La libertad tiene que ver con la vivencia del encuentro con la otra, en un contexto de reconocimiento mutuo sin restricciones, donde la libertad y la capacidad creativa de cada una se potencie con la de las demás.
Relaciones sin fin, relaciones desde el placer
La lógica necrofílica patriarcal, está sostenida en las relaciones instrumentales, que son aquellas que se construyen para obtener algo. La lógica patriarcal es relacionarse para obtener algo. María Milagros, en su conferencia, plantea que “El placer es más importante que la República” de modo que los conceptos, valores y relaciones en términos masculinos, no son tan importantes como el placer.
El orden simbólico de las mujeres propone las relaciones sin fin, son así porque no tienen un final ni un fin específico a obtener. Son relaciones entre mujeres, relaciones que van y vienen, que se mueven en espiral, y que, incluso cuando ya no existen en lo material, siguen nutriendo nuestro sentir y nuestro pensar. Se gestan solo en el placer de estar en relación.
Como explican varias autoras en el libro El trabajo de las palabras. Una creación inacabada nacida de la relación entre mujeres, esta política relacional se basa en cómo las mujeres nos reunimos solo por el placer de estar reunidas. Algunas compañeras hablan del amor entre nosotras, como una postura que es profundamente política, trascendiendo cualquier clasificación sexoafectiva o de disidencia, proponen que en relación con otras mujeres podemos cambiar nuestras formas de percepción, el sentido de la realidad y el modo de entender el mundo.
Es importante zafarnos de la jaula patriarcal que ha distorsionado y usurpado los vínculos de amor entre mujeres. Este nuevo modo de entender las relaciones entre nosotras nos interpela a desmantelar las narrativas que nos han impuesto.
Erótica de las caricias
Andrea Dworkin y otras autoras, analizan la prostitución y la pornografía, denuncian la erotización de la violencia (enseñado desde el desorden simbólico masculino) y la diferencian de la vivencia real del placer de las mujeres, donde se habla de la erótica de las caricias. Estas caricias no son solo en el acto de acariciar literalmente, Carla Lonzi invita a pensarlas de forma simbólica: el placer que acaricia en todas las formas posibles la vida de las mujeres: el placer de estar con otras, de reír, de bailar, de cantar, de comer, el placer de ocupar espacio. Todo esto que el patriarcado nos quita y coloniza con la violencia.
Desde la ordenación simbólica femenina el placer es el centro de la política relacional. El día que las mujeres pongamos nuestro deseo y nuestro placer en el centro, el patriarcado dejará de tener espacio, pues muchas de las cosas que hacemos, pensamos y cómo vivimos dejarán de tener sentido y, por lo tanto, dejarán de importar y de existir.
Preguntas y respuestas reflexivas
¿Cómo experimentas tu sentido libre de ser mujer cuando te relacionas con tu cuerpa?
- Al dejar de odiar y rechazar mi ciclo menstrual ovulatorio
- Aceptando mi cuerpa
- Cuando escucho lo que siento y me doy la oportunidad de atenderme y cuidarme
- Todas las veces en las que me he sentido bien con mi cuerpa, en las que mi piel está bien, es porque escucho a mi cuerpa e ignoro todo ese juicio y mirada de un Dios que vigila que, aunque no es una figura material en mi vida, es parte del orden simbólico masculino que domina e intenta regular la vida de las mujeres.
¿Cómo experimentas tu sentido libre de ser mujer cuando te relacionas con otras mujeres?
- Con la alegría que siento cuando puedo hablar de lo que me gusta y lo que realmente pienso.
- Con la seguridad de pedir lo que necesito o mostrar mi vulnerabilidad sabiendo que no seré dañada.
- Con la alegría después del encuentro con otras mujeres.
¿Qué cosas concretas imaginas que cambiarían en tu vida si erradicaras la mediación masculina?
- Apoyaría a más mujeres.
- Me sentiría más segura en general.
- Apoyaría la economía de otras mujeres.
- Dejaría de competir, dejaría de auto juzgarme.
- Cambiaría mi forma de percibir el deber ser y la autoexigencia.
- Dejaría de medirme con la visión masculina de la productividad, habría más descanso, no habría comparaciones con otras mujeres.
- Tendría más contacto con la naturaleza.
- No pensaría en modificarme.
Al finalizar este recorrido por el pensamiento de la diferencia sexual, la emoción que nos embarga es la de la esperanza activa de vivir sin la mediación masculina. La tarea que queda es tan urgente como hermosa: la creación colectiva de nuestro propio orden simbólico femenino y la práctica de una política relacional sin fin.
Queda abierta la invitación a seguir nombrarnos desde el origen, a llenar las palabras e imaginarios con todo el caudal de lo que somos y hacemos, sin mediación ni censura.
El riesgo existe, y la adversidad es real, pero este espacio, este texto y muchos otros espacios que habitamos entre mujeres, son la prueba de que podemos encontrar modos de relacionarnos en disparidad sin crear jerarquías, modos que nos permite comunicarnos y cuidarnos. Es una proposición de libertad compartida y placer sin fin. Al crear este orden, estamos sembrando semillas para habitar un mundo donde las palabras algún día coincidan con la verdad de lo que somos.