Reflexiones colectivas a partir de la Experiencia Formativa “Psicología centrada en las mujeres e informada en trauma”
Miércoles de conversación: 12 noviembre 2025
Facilitadora: Mtra. Daniela V. Cato | Transcripción, adaptación y edición: Dra. Bene Díaz
Para el miércoles de conversación de noviembre, elegimos el tema: la colonización del deseo. Libremente, algunas compañeras compartieron sus sentipensares, cada participación cargada de sentido y experiencia vivida. Aquí presentamos las ideas principales, las preguntas y las líneas temáticas que surgieron, mostrándonos la riqueza y complejidad de nuestros deseos en la creación de nuestro sentido libre de ser mujeres.
¿Qué es la colonización?
En el desorden simbólico patriarcal, la colonización se entiende como el establecimiento de una población en un nuevo espacio para trabajarlo. Pero ¿con qué autoritarismo se toma una tierra para poseerla y explotarla? Históricamente, colonizar es tomar el control, dominar y explotar territorios y habitantes mediante la violencia y la imposición.
Una colonización nunca es pacífica; implica aplastar lo que había, negar lo propio de esa tierra, fingir que lo originario es un error e imponer nuevos valores y creencias. Ha sido necesaria una violencia sistémica para lograr el sometimiento. Incluso el sincretismo opera como una manipulación violenta: “tomo lo tuyo y le pongo lo mío para que creas que es igual”, pero en realidad estoy contaminando tu creencia hasta que ya no sepas qué era realmente tuyo y qué es lo impuesto.
Y así como nuestra tierra ha sido tomada como objeto y explotada hasta la muerte, así como nuestras plantas son extinguidas y los saberes de nuestras ancestras fueron violados y negados; así nuestras cuerpas, nuestro primer territorio, han sido invadidas. Nuestra fuerza más grande, el deseo en su sentido más amplio, ha sido contaminado por una potencia que ha instrumentalizado nuestra vida y nuestro gozo.
Sin embargo, hoy como siempre, hay mujeres que podemos distinguir nuestro deseo libre del deseo de los hombres. Como explica Andrea Franulic: “[…]esta colonización ha implicado que nos alienemos de nuestros propios cuerpos; es decir, que nos tornemos objeto del deseo masculino, con las dolorosas consecuencias que esto trae para nuestro autoamor y nuestra libertad psíquica[1].” Nos han hecho creer que nuestro deseo es el deseo de ellos; y, por lo general, el deseo masculino es violento, de destrucción o muerte, dejándonos en lugares de cosificación y deshumanización.
¿Qué es el deseo? (Y ¿según quién?)
Según los hombres y su falosofía (Mary Daly), el deseo es carencia y debe ser subordinado a la razón, es decir, el deseo para ellos implica ideas que alejan a las mujeres del placer propio. Toda gira en torno a su mirada misógina que, en resumen, nos quiere domesticadas, sometidas y adiestradas para rutas de vida que nos quebrantan el alma y fragmentan la cuerpa. Han usurpado la concepción misma del deseo, al punto que a algunas nos cuesta separar la palabra de una connotación exclusivamente sexual-genital.
Cuando hablamos del deseo de las mujeres, hablamos de un nivel más profundo. Un deseo que nos atraviesa toda la cuerpa e interpela hasta las entrañas: ¿De qué tengo ganas hoy? ¿Qué se me antoja? ¿Qué deseo hablar o comer? ¿Cómo voy a procurar mi placer hoy? ¿Qué deseo para mi vida? Hablamos de esa dimensión vital que no está alienada con el “deber ser”, ni con la seguridad patriarcal, ni con ninguna mediación masculina.
Sabemos que esto lleva tiempo. Los imaginarios patriarcales han colonizado nuestra psique hasta lo más hondo. Al haber sido socializadas en el desorden simbólico masculino, resulta sanador preguntarnos radicalmente: ¿De dónde viene este deseo? ¿Es realmente mío o es parte de la colonización? ¿Qué tanto de mi vida está guiada por lo que yo verdaderamente deseo?
Pistas para sintonizar con nuestro deseo
Para darnos pistas sobre otras formas de concebir el deseo, una compañera compartió lo vivido en un encuentro de mujeres que crean, sostienen y luchan en Oaxaca. Allí se cuestionaron qué deseo habitaba sus cuerpos en ese momento. Las respuestas fueron tan vitales como diversas:
“Una pinche chela bien fría, ahorita que hace mucho calor”.
“Yo deseo salud, porque estoy preocupada por mi vida”.
“Deseo que mis hijos estén bien”.
“Yo deseo unos pinches besotes con una morra que vi”.
“Yo deseo unos anacates con pitiona”.
“Yo deseo descansar y no rendir cuentas a nadie de mi tiempo”.
Aquí vemos el deseo en todo su esplendor y en todas sus etapas. Decimos entonces: el deseo es eso que te nace en la cuerpa, que te habita la cuerpa, que te impulsa, sensaciones que te hacen soñar con algo que necesitas para sentirte mejor.
La verdad de la cuerpa y la erótica
Con estos ejemplos volvemos a la duda: ¿Cómo sé decir si lo que deseo es mío o es impuesto? Una compañera resalta: se trata de recuperar nuestra verdad. Pero ¿cuál es esa verdad cuando se nos han colonizado hasta lo más íntimo?
Andrea Franulic dice al respecto: “[…] nuestra búsqueda histórica de libertad ha consistido en recuperar nuestros cuerpos sexuados para nosotras y buscar las palabras que medien lo que sentimos, deshaciendo la brecha que nos separa de nuestra experiencia femenina”[2]. Y María Milagros Rivera nos da más pistas:
Yo no he sentido nunca placer en el dominio, en el dolor, en el sometimiento o en el maltrato […] Cuesta mucho recuperar la conexión perdida con el sentir propio, el sentir originario que es la vida, la fuente de veracidad. El inconsciente del psicoanálisis (desautorizado por Luce Irigaray) ha dañado muchísimo la verdad de las mujeres, que es verdad de las entrañas. La ha dañado a fuerza de tenernos siempre temblando, obligándonos a dudar de todo, ignorando la certidumbre enorme del sentir y del placer.[3]
Esto nos lleva a la erótica. ¿Qué tiene que ver el deseo con el placer? ¿Hasta dónde se nos ha colado la idea de que la erótica es solo lo sexual-genital o que el placer se mide bajo la lógica de las fases de excitación en camino al orgasmo?
Hablar de la erótica es hablar de la capacidad de sentir placer y gozo al conectar con sensaciones satisfactorias. La vida erótica se manifiesta en muchas dimensiones, porque el placer es una experiencia sensorial de una cuerpa sexuada específica. El placer de comer es sexual, el de escuchar música, bailar, escribir, crear o pensar es sexual, porque nace en un cuerpo sexuado.
Esto es lo que nos ha arrebatado el desorden masculino: la dimensión erótica de la vida. De este modo, recuperar la capacidad erótica de nuestras cuerpas, de nuestras relaciones y actividades, es un acto de agencia política: la capacidad de crear y elegir qué sí deseamos y qué no.
¿Desear bien o desear mal?
Todo empieza con una idea impuesta de lo correcto o incorrecto. Nos preguntan: ¿Ya hiciste tu vision board para el siguiente año? ¿Cuáles son tus sueños? Y muchas veces la respuesta honesta es: “No lo sé, no me lo había planteado”. Nuestra alma (psique) y nuestra cuerpa están tan colonizadas que cuesta distinguir si eso que siento-pienso que deseo, es un producto de la socialización de lo que debe desear una mujer o de la programación del algoritmo de mis datos en la web.
Es una trampa doble: Siempre hay que desear algo y cuando una mujer decide algo que sí desea desde lo que la habita, el sistema responde con juicio, culpa y castigo. Si actuamos desde nuestros deseos genuinos somos tachadas de “locas”, “intensas”, “histéricas” “putas”.
Y si deseas lo que se “debe” desear, a menudo te sientes mediocre o insuficiente por no alcanzar el estándar (dinero, viajes, matrimonio, hijos, carros, ahorros, estatus, experiencias en tendencia), si no deseas “tener más”, se asume que hay algo equivocado en ti. Vale la pena preguntarnos: ¿cuántas cosas hacemos por miedo? ¿Por qué se nos vende “lo seguro” como lo único deseable?
“Darse a desear”: La renuncia a ser sujetas
“Hay que darse a desear“. Esta frase, escuchada hasta el cansancio desde la adolescencia, es el ejemplo más claro del adoctrinamiento con el que nos han colonizado psíquicamente en nombre del amor. Nos alinean para querer que ellos nos deseen. Esa es la máxima renuncia: dejar de ser sujetas deseantes para convertirnos en objetos deseados, cosas bonitas y útiles que esperan ser elegidas.
Esta lógica provoca un corte existencial, pues al tener estatus de objetos, somos anuladas, se adormecen nuestros sentidos, pues la información de nuestras cuerpas no tiene valor en esta lógica. No importa si sientes miedo o ansiedad, el asunto es gustar de ellos, enamorarte de ellos y complacerlos. Nos llevan a creer que el placer es saber que los hombres nos desean. Aprendemos a competir por la atención masculina y sentimos un dolor profundo, una inadecuación, si no somos deseadas o amadas por ellos, aunque sea poquito. Y de preferencia no cualquier hombre, sino aquel que cumple con el estándar colonizado de belleza (blanco, alto, guapo, con dinero y mejor si es extranjero). Aquí entra el racismo interiorizado: cualquier rasgo de morenitud en otros y sobre todo en nosotras mismas ha sido causa de rechazo y menosprecio social condicionándonos desde niñas.
La heterosexualidad obligatoria ha construido un sistema de afectos donde las mujeres que no encajan en la belleza hegemónica son despojadas del cariño y la atención en general. Desde niñas han asociado la belleza unidimensional con el amor y la fealdad con el rechazo, nos han enseñado con violencia quién merece ser amada. Esta primacía de la apariencia colonizada, afecta especialmente a las mujeres, incluso atraviesa a los animales que están en procesos de adopción, los gatitos o perritos “feos, mayores y defectuosos” no son elegidos.
Es vital sacar de nuestras cuerpas esa confusión. Nos han hecho creer que nuestro deseo es ser deseadas, cuando en realidad es la perversión de un sistema que nos somete a una dinámica de falta de agencia sobre nuestro propio deseo y a mil formas de violencia estética: odiar, estandarizar, mutilar y modificar nuestras cuerpas. Como bien dice Audre Lorde: “Las herramientas del amo no desmontarán nunca la casa del amo”[4]. Pornificar nuestra imagen o sacrificarnos con dietas, tratamientos o cualquier práctica para ser “atractivas” no rompe el desorden patriarcal, lo alimenta.
¿Harás todo por complacer a tu hombre? El mandato del matrimonio
Lúcidamente, una compañera lo resumió así: “Casarme con un hombre es igual a más trabajo, y como lo que yo quiero es trabajar menos, no me caso ni me casaré”.
Otras compañeras recordaron haber llorado antes de sus bodas; unas con conciencia de que no querían eso, y otras sin saber por qué, pero sintiendo en la entraña que esa supuesta felicidad del amor no era tal. Muchas decisiones fueron tomadas por qué era lo que se debía hacer, por culpa de “haber entregado el cuerpo”, o por la presión familiar, en especial por las madres que, actuando como guardianas del orden patriarcal y de la moralidad cristiana, repetían: “si no te casas te vas a arrepentir” “es tu cruz, tú decidiste, te aguantas” “debes de casarte por la iglesia, si no vivirás en pecado”.
También está la presión del “buen partido”. La colonización psíquica del deseo opera a través de la pregunta social inquisidora: “¿Cómo es posible que rechazaras al hombre ideal?”. “Es un gran partido, lo tiene todo”. “Es muy tonto que no lo desees, vas a desperdiciar tu vida”. “Cualquier mujer lo desearía, ¿por qué tú no?”.
Una compañera lo relató con claridad: “Yo buscaba motivos evidentes para dejarlo, porque él era ‘bueno’. Pero cuando volteé a ver mi deseo real, dije: es que no quiero casarme. Para mi familia fue devastador, vivieron mi libertad como una pérdida”.
La colonización aquí funciona haciéndonos creer que la vida solo es viable bajo la apropiación masculina, ocultando lo que explica Karina Vergara:
[…] es absurda la idea de que un hombre y una mujer, que no tienen lazos consanguíneos viviendo en conjunto, signifiquen la perpetuación de la vida. La trampa está en donde la heterosexualidad obligatoria nos convenció a las mujeres de que de nosotras depende la vida en el planeta, de que no podíamos amar, sentir, desear, existir, realizarnos, si no era sirviéndoles a los señores.[5]
¿Desearás ser madre? La reproducción del sistema
Como dice Adrienne Rich: La maternidad como institución es el sistema patriarcal que define cómo deben comportarse las mujeres, qué significa ser “buena madre” y qué roles son legítimos. El cumplimiento de la maternidad es vigilado por la familia, el estado, la iglesia, medicina, psicología, todas estas instituciones vigilan, sancionan y moralizan.[6]
¿Estás segura de que no quieres hijos? La presión no es sutil, es un interrogatorio constante: ¿Estás segura? …eso dicen todas y terminan embarazadas; pero ¿estás realmente segura? ¿Por qué no quieres ser madre, si es una experiencia maravillosa? ¿No te vas a realizar como mujer? ¿Quién te va a cuidar cuando seas vieja? ¿No eres fértil? Te vas a enfermar de la matriz.
La presión familiar, disfrazada de la ilusión de los nietos, ha violado la voluntad de muchas mujeres, empujándolas a maternidades no deseadas. Se trata de perpetuar la maternidad no como experiencia libre, sino como reproducción del patriarcado. En sus últimas mutaciones, al sistema ya ni siquiera le importa si hay marido; lo que exige es que sigas cumpliendo el mandato reproductivo.
El fraude del coito y la invención del orgasmo vaginal
El discurso matrimonial viene con un fraude: que un hombre nos “hará sentir” “nos hará mujer”. Otra vez ellos como sujetos activos y nosotras despojadas de nuestra capacidad natural de goce y de sujetas soberanas.
Históricamente, esto se sostuvo con mitos como la virginidad y el himen (ese tejido que no demuestra nada sobre nuestra dignidad) y con la idea de que un hombre debe “estrenarnos” como si fuéramos un objeto, este desorden sostiene el coito como la consumación del dominio masculino.
María Milagros Rivera ha señalado: “el orgasmo vaginal hubo que inventarlo e imponerlo, porque la penetración tiene poco encanto y muchos riesgos para nosotras (desde embarazos no deseados hasta enfermedades).”[7]
Carla Lonzi dice: […] “la primera colonización física y psíquica que las mujeres sufrimos en el patriarcado es la colonización del placer. Esto es hacernos creer que la vagina es la sede de nuestro placer, mutilando la clítoris, física y simbólicamente (ablación, psicoanálisis freudiano y reichiano, teoría cuir, etc.), que es el órgano que tenemos destinado solo al placer y el orgasmo femenino.”[8]
Muchas reconocemos hoy que desear sexualmente a los hombres o excitarnos con el coito es, en gran medida, aprendido. Priorizar nuestro placer clitórico es un acto de deseo, un reconocimiento de nuestra cuerpa sexuada soberana del placer. También se nos ha chantajeado para ser proveedoras de servicios sexuales como garantía para “retener” a la pareja.
Pero la colonización no acaba ahí. Incluso al salir de la heterosexualidad, persiste la “forma pareja”: la idea de que a fuerza hay que ser dos, supuestamente la vida es más fácil y barata si es de a dos. Si no tienes pareja, la sociedad te mira como si estuvieras incompleta, como si algo estuviera mal en ti. Ya no importa de que sexo es tu pareja, la i dea es seguir reproduciendo el esquema de la familia como institución.
Entre compañeras que están seguras de que ya no desean relacionarse con hombres y eligen priorizar y apoyarse entre mujeres surge la duda: “¿Puedo relacionarme con mujeres sin la necesidad de lo sexual-romántico?”. María Milagros sugiere que, al integrar la experiencia completa de relacionarse entre mujeres, lo sexual puede darse orgánicamente.[9] La invitación es a cuestionar la norma que nos hace decir que “sí a todo lo que implica una vida con las mujeres, menos una relación amorosa-sexual”; profundicemos en la pauta que dice que todo encuentro amoroso entre mujeres debe acabar en un encuentro como la industria pornográfica nos ha dicho.
Como compartió una compañera: “Desde que decidí no tener pareja, incluso sexual, ha sido el momento en el que más he disfrutado mi placer y mi deseo“. Esto también es una reestructuración simbólica poderosa: descubrir que la libertad y el goce pueden habitar en la autonomía radical.
¿Mente abierta o violencia disfrazada?
Bajo la etiqueta de “liberación sexual” o “mente abierta”, se han normalizado prácticas que colonizan el deseo. Enfoques de “perspectiva de género” y sexualidades diversas promueven el BDSM (dominación, sumisión, sadomasoquismo) disfrazando la violencia sexual y la humillación de “juego” o “alternativa”, en otras prácticas y vivencias de la sexualidad que tras ser normalizadas promueven la pedofilia, la misoginia y la necrofilia.
Del mismo modo, la industria ha promovido la pornografía como educación sexual o fuente de excitación, cuando, como dice Audre Lorde: “La pornografía es la negación directa de lo erótico porque le arranca el sentimiento y lo espiritual a la experiencia”[10]. También se nos impone el consumo de juguete sexuales: ahora parece obligatorio tener un vibrador o succionador de clítoris, para ser una “mujer liberada y feminista”, colonizando nuevamente nuestra vulva y vagina con las lógicas del mercado.
Y finalmente, el término “asexual”. Usado para etiquetar a personas que no desean relaciones bajo los términos patriarcales, esta palabra invisibiliza una verdad fundamental: somos seres sexuales por definición, porque tenemos cuerpos sexuados y vivos, más allá de la genitalidad. Es un sinsentido decir que soy una mujer asexual.
Sueños hegemónicos vs. El deseo de vivir sana
¿Qué soñamos? ¿Títulos, viajes, éxito, fama, likes? El neoliberalismo también colonizó el deseo de otras rutas de vida que para algunas mujeres significaban una especie de renuncia a la ruta del matrimonio y los hijos. Entonces, algunas hemos estado en entornos donde nos creímos que debíamos desear la maestría, el doctorado, el idioma extranjero, el currículo internacional, el puesto en la empresa familiar, el trabajo pagado en dólares, la estabilidad económica de un trabajo fijo o libertad de la empresa independiente.
Desear una vida tranquila, cierta estabilidad, vivir en el campo, no ser esclava o cualquier ruta de vida que en algún momento fue antisistema ha sido devorada, y sueñes lo que sueñes, tienes que jugar el juego del neoliberalismo, de modo que algunas identifican “una vocecita interna que nos exige todo el tiempo: produce más, ahorra más, sé exitosa, deberías estar trabajando más”.
Pero a veces la vida nos sacude, nos vienen enfermedades que nos hacen replantear qué es lo más importante o situaciones de contraste que nos recuerdan la importancia de sentir profundamente el deseo que me habita, aunque eso signifique no cumplir con lo que se espera de mí. Una compañera compartió cómo, tras sobrevivir al temblor de 2017, su visión de la seguridad se derrumbó. Al salir entre los escombros, y ver la muerte de tantas personas, entendió que los seguros de vida que dicen cuánto cuesta una vida y el dinero no sostenían nada en casos como en el que se encontraba, que la vida podía terminar de un momento a otro.
Nos han mercantilizado tanto que hasta desear una vivienda digna para envejecer o tener salud parece un cliché en tendencia. El capitalismo voraz devora el sentir humano y lo vomita como producto. Quizás el deseo más radical hoy sea renunciar al mito del éxito, al mito del matrimonio, al mito de la belleza como salud, al mito de la riqueza como felicidad y recuperar la esperanza de encontrar nuestro sentido libre de ser mujeres, priorizando el sentir de nuestras cuerpas y el deseo que las habita, aunque eso signifique, a los ojos del mundo, “fracasar” en muchos ámbitos.
Colonizar el deseo de comer: La extinción de los sabores
La colonización de la vida y el deseo también afecta en la comida. Un deseo profundo que habitaba a una compañera era los anacates (a los que ahora les dicen setas) cocinados con pitiona, una hierba olorosa. Es un platillo que su abuela hacía y que guarda la memoria de su infancia.
Sin embargo, al buscar la pitiona, se topó con la ausencia. No encontró en los mercados ni en las tienditas de su pueblo. Al preguntarle a una señora mayor que vendía hierbas, la respuesta fue breve: “Es que eso ya nadie la compra”.
Finalmente, encontró una pequeña matita de pitiona en casa de una vecina, quien manifestó que estaba a punto de cortarla porque “ni a mis hijos ni a mis nietos les gusta”. Esto se conecta con la historia de su abuela: cuando la familia la designó como “no capaz” (por vejez), su jardín fue intervenido. Sus plantas, incluyendo la pitiona, fueron descuidadas y reemplazadas por cemento, porque el cemento no necesita tiempo ni cuidados; y le pusieron un televisor para llenar el vacío.
Esto sucede en Oaxaca, una tierra brutalmente gentrificada donde, entre sus terribles consecuencias, se ha colonizado el paladar hasta extinguir una hierba y una tradición. Lo mismo ocurre en León con el epazote, una planta endémica que ya no se vende y se considera en peligro de extinción. Lo que era tradicional para nuestras abuelas y madres se ha diluido en nuestra generación. La falta de tiempo y la colonización alimentaria provocan que nuestras hijas quizás nunca conozcan esos sabores.
Gentrificación, colonización y necrofilia promueven procesos que aniquilan la vida: la vida de las plantas y la conexión con nuestras ancestras. ¿De cuántos sabores deliciosos nos estamos perdiendo? ¿De cuánta satisfacción que la tierra nos regala nos privamos por consumir comida rápida, vacía de nutrientes y de historia?
Así como muere la variedad placentera de las hierbas de olor, así nuestra potencia de goce, que custodia el deseo, ha ido muriendo bajo una serie de mandatos. A través de la educación, la moralidad y la violencia (sutil o explícita), nos han enseñado que nuestro deseo debe extinguirse.
¿Cómo vive (y revive) el deseo de las mujeres?
Aun en medio de tanta confusión, hemos creado maneras de hacer vivir nuestros deseos libres. El deseo también es el impulso hacia mi propio cuidado. He descubierto que el placer no es solo sexual; es seguir aquello que me nutre, siempre que no me cause daño ni dañe a otras. Resulta crucial identificar: ¿Cuántos de mis deseos son verdaderamente por placer y satisfacción propia? ¿Cuántos están instaurados para servir al sistema neoliberal y patriarcal?
Es sanador y urgente preguntarnos: ¿Cuántas decisiones he tomado solo por el “amor de un hombre” o por complacer a alguien más? Es fuerte mirar atrás y reconocer situaciones que nos robaron energía y recursos. Al conectar con la cuerpa y las sensaciones, nos damos cuenta de que no queríamos estar ahí, no queríamos hacer eso, pero no sabíamos que teníamos opción de elegir. El miedo coloniza la voluntad.
Pero hoy podemos sentirnos y preguntarnos constantemente: ¿Quiero estar aquí? ¿Deseo hacer esto? ¿Realmente deseo ese plan que dicen que debo hacer? Es un acto revolucionario empezar a decir: “Hoy no tengo ganas de hacer esto que me piden. Hoy no voy a complacer a nadie más que a mí misma. Hoy priorizo mi gozo”.
Renunciar a las imposiciones es doloroso, porque creímos que eran parte de nosotras. Pero al soltarlas, liberamos espacio para nuestra verdadera capacidad de placer.
Este proceso de descreer y recuperar es cansado. Pero cuando encontramos mujeres y espacios seguros, recibimos un abrazo al alma (lo que llamamos apapacho). Mi más grande revolución cada día es apapacharme en contra de todo el sistema. Escucharlas a ustedes es parte de ese apapacho, porque así somos libres.
También aprendemos estrategia: podemos elegir qué batallas librar. Hay momentos para decir “ahorita no, gracias”. Podemos esquivar. No todo el tiempo es luchar; esquivar también es válido, lo hace menos cansado y permite que nuestra energía esté puesta en crear, no solo en destruir o aguantar la presión social.
Sin embargo, no nos engañamos. Sabemos que este camino es arduo y profundo. Como nos recuerda Audre Lorde, la recuperación de nuestro sentir no es un evento pasajero, sino una reestructuración de la vida misma, que es difícil mantener la confianza, porque a veces se viene abajo o se tambalea por la fuerza de las falacias en que nos enseñaron a fundar nuestra seguridad.
Audre Lorde también nos dice: “Y ese profundo e irreemplazable conocimiento de mi capacidad de goce reclama que viva toda mi vida en el conocimiento de que tal satisfacción es posible y no necesita llamarse matrimonio, ni dios, ni vida eterna”. […] Los padres blancos nos dijeron: “Pienso, luego existo”. La madre negra que todas llevamos dentro, la poeta, nos susurra en nuestros sueños: “Siento, luego puedo ser libre”.[11]
[1] Andrea Franulic, Incitada; feminismo radical de la diferencia, 2021, pág. 65
[2] Andrea Franulic, Incitada; feminismo radical de la diferencia, 2021, pág. 276.
[3] María-Milagros Rivera Garretas, El placer femenino es clitórico, Independiente, 2020.
[4] Audre Lorde, Lo erótico como poder y otros ensayos, bocavulvaria ediciones, 2016.
[5] Patricia Karina Vergara Sánchez, Siwapajti (Medicina de mujer) Memoria y teoría de mujeres, Editorial eterno femenino, 2022.
[6] Cfr. Adrienne Rich, Nacemos de mujer La maternidad como experiencia e institución, 1986.
[7] María-Milagros Rivera Garretas, El placer femenino es clitórico, Independiente, pág. 12
[8] Cfr. Andrea Franulic citando a Carla Lonzi, Escupamos sobre Hegel, Buenos Aires, La pléyade, 1978.
[9] María-Milagros Rivera Garretas, El placer femenino es clitórico, Independiente, 2020.
[10] Cfr. Audre Lorde, Lo erótico como poder y otros ensayos, bocavulvaria ediciones, 2016.
[11] Audre Lorde, Lo erótico como poder y otros ensayos, bocavulvaria ediciones, 2016.