Reflexiones colectivas a partir de la Experiencia Formativa “Psicología centrada en las mujeres e informada en trauma”
Miércoles de conversación: 14 de diciembre 2025
Facilitadora: Mtra. Daniela V. Cato | Transcripción, adaptación y edición: Dra. Bene Díaz
En la experiencia formativa de Psicología Centrada en Mujeres e Informada en Trauma, hemos decidido abrir el diálogo sobre un tema que nos interpela profundamente: la espiritualidad en el feminismo.
Históricamente, las corrientes feministas ancladas en el discurso moderno-eurocéntrico han enarbolado la razón y la ciencia como banderas legítimas de libertad y emancipación. Sin embargo, es urgente advertir el peso hegemónico que conlleva replicar los mismos valores que el patriarcado ha utilizado para descalificar los saberes de las mujeres. Al reproducir esta lógica, muchas de estas corrientes han operado desde una clara fragmentación, amputando la experiencia espiritual del quehacer político.
Existe, por supuesto, una crítica necesaria al pensamiento mágico y a los “velos de ignorancia” que las religiones hegemónicas han usado para sostener la opresión y justificar la violencia contra mujeres, niñas y niños. Lamentablemente, estas dinámicas se reproducen hoy en las espiritualidades alternativas y “New Age“: visiones que lucran con saberes ancestrales bajo una estética white, individualizando y despolitizando nuestras necesidades, normalizando abusos y replicando el discurso de los estereotipos de género en nombre de la supuesta “energía femenina/energía masculina”.
El pensamiento crítico es una capacidad hermosa para rasgar esos velos, pero se vuelve insuficiente cuando se limita a una razón instrumentalizada para ridiculizar o descalificar todo aquello que no encaja en los parámetros de la “Verdad”. Habría que dar varios pasos más en la reflexión crítica y revisar profundamente los ecos patriarcales de la visión racional y analítica, pues ha dejado fuera una dimensión vital que sin duda es una dimensión política. Es momento de buscar certezas en la sabiduría encarnada, más que en una racionalidad que nos obliga a negarnos a nosotras mismas.
No ignoramos que las religiones son instituciones de control que han encubierto agresores en todo el mundo, ni que existe un mercado abusivo que vende “experiencias espirituales” que en la mayoría de los casos sirve para revictimizarnos y retraumatizarnos. Pero la trampa radica, precisamente, en creer que las versiones colonizadas y patriarcales son la única espiritualidad posible. Renunciar por completo a lo espiritual por mandato racional no sería más que reproducir, una vez más, el desorden simbólico masculino.
Desde el feminismo radical de la diferencia sexual, nos cuestionamos: ¿por qué entregarle la espiritualidad al patriarcado? ¿Por qué negarnos la posibilidad de una espiritualidad de las mujeres y para las mujeres? La espiritualidad es una dimensión humana que nos ha sido expropiada y colonizada.
Reconocer la pluralidad de saberes, incluso de aquellos feminismos no teorizados o de mujeres que no se nombran como tales, nos permite cuestionar quiénes son las sujetas políticas del movimiento. Esto abre espacio a epistemologías no occidentales que incorporan lo espiritual sin que ello signifique sumisión, sino soberanía espiritual, tal como proponen el feminismo comunitario, el ecofeminismo y el feminismo de la diferencia sexual.
Para profundizar en el texto resultado de esta conversación, es imperativo realizar una distinción que el sistema patriarcal ha intentado borrar: religión y espiritualidad no son lo mismo.
Las religiones funcionan como dispositivos de control externo. Su raíz etimológica más aceptada, religare (atar/ligar) con lo divino, que más allá de su aspecto poético inicial, revela un vínculo de sujeción basado en dogmas, jerarquías masculinas y una moralidad punitiva que utiliza la culpa para disciplinar la cuerpa de las mujeres. Se basan en una “Verdad” revelada por otros (generalmente varones), que exige obediencia y delega el poder personal a una estructura ajena. La religión opera desde el “deber ser” y a menudo despoja a la mujer de su autoridad interior, convirtiendo lo sagrado en una herramienta de vigilancia y exclusión.
Por otra parte, la espiritualidad proviene de spiritus, que significa “aliento” o “soplo de vida”. Es una dimensión humana intrínseca que no necesita intermediarios porque es la cualidad de estar animadas por un aliento propio. No busca la obediencia, sino la conexión, con una misma, con el territorio, con las ancestras y con el tejido de la vida. Mientras la religión nos “ata” a una institución, la espiritualidad nos devuelve el “aliento”, la soberanía sobre nuestra propia fuerza vital, que al igual que el deseo, nos fue expropiado por el desorden masculino.
Crisis de fe
La conversación sobre la espiritualidad en el feminismo, desarrollada en el marco de la Experiencia Formativa, inicia con una revelación profunda sobre el impacto de descubrir los hilos que entretejen la relación entre el patriarcado, la religión, el liberalismo y el capitalismo
Para una de las compañeras, este descubrimiento fue un quiebre absoluto. Al cuestionar el mundo en el que vivía, se encontró en una crisis de fe: ¿en qué o en quién creer ahora? Lo que antes era certeza, de pronto comenzó a sonar como una “teoría de la conspiración” difícil de integrar. Sin embargo, al escuchar a otras mujeres, le resulto ineludible asumir que la religión ha sido un pilar fundamental para sostener el sistema patriarcal.
Para ella, creer es una necesidad vital. En medio de tiempos difíciles, se encontró preguntándose a quién pedirle ayuda o guía. Al escuchar a la maestra Dalia Pérez[1] hablar de las diosas, sintió una desconexión; la idea le resultaba ajena, sin un punto de referencia familiar que le permitiera establecer un vínculo como el que antes tenía con Dios. Esta experiencia también es compartida por varias compañeras. En este espacio de incertidumbre, comparten el sentimiento de “estar volando, tener miedo, falta de seguridad o de protección”.
Al escuchar propuestas sobre la Diosa o las diosas, resalta en algunas compañeras la falta de familiaridad con lo divino femenino. Sin embargo, la ruptura con lo anterior es definitiva: “Ya no puedo creer en un Dios que esclaviza o que ha sido usado para lastimar a las mujeres”. Ese sentimiento de tener una necesidad de conexión y contacto espiritual, sin certezas y con muchas preguntas, es lo que motiva este diálogo; una búsqueda colectiva para entender cómo otras han logrado desprenderse de esas creencias y hacia dónde han caminado.
A partir de estos cuestionamientos, las compañeras comparten sus diversas rutas, marcadas por sus propias vivencias. En sus relatos surgen puntos críticos hacia los valores institucionales, el fraude de la moralidad religiosa, la violencia institucional, la influencia invisibilizada de las mujeres en el sostenimiento de las iglesias y el sentido de pertenencia que estas ofrecen, y la potente pregunta ¿quién dijo que Dios es hombre?
El tránsito en la mayoría de los casos ha sido un reconocimiento de una espiritualidad no mediada por lo masculino, libre de la obediencia, la subordinación, la culpa y el castigo; lógicas de opresión que históricamente han buscado despolitizar a las mujeres.
Para muchas, la desconexión con las religiones judeocristianas comenzó en la infancia. Lejos de ser espacios de paz, eran entornos de aburrimiento e hipocresía, con reglas estrictas sobre qué comer, cómo vestir o cómo relacionarse. Al crecer, estas limitaciones fueron identificadas claramente como violaciones a la libertad y estas prácticas como violencia institucional.
El fraude de la moralidad y la violencia institucional
Las vivencias recorren desde el catolicismo tradicional (catecismo, misas y grupos parroquiales) hasta religiones hegemónicas como los Testigos de Jehová o los Adventistas del Séptimo Día y otras alternativas como el llamado “Camino Rojo”. Una compañera comparte que, tras la muerte de su padre, su madre se unió a los Testigos de Jehová, una etapa que describe como “terrorífica” por el control extremo sobre el comportamiento, los pensamientos y el “deber ser”.
A los 18 años, su rebelión fue inmediata, no tenía sentido creer en algo invisible que, además, era dirigido exclusivamente por hombres. Aunque en ese momento no se nombraba feminista, ya cuestionaba la jerarquía del “siervo” o el “señor” dictando su vida. Su conexión llegó a través de la filosofía de Rosi Braidotti y su concepto de lo “post-humano”. Braidotti plantea que la creencia radica en nosotras mismas, en el poder de lo que somos, en el agradecimiento y en abrazar nuestra propia existencia.
Otra vivencia refuerza este “fraude moral”; la experiencia de una compañera que, siendo niña, fue abandonada por una tía en la puerta del salón del catecismo. Al encontrar que ese día no era el catecismo, ninguna de las mujeres de la iglesia se hizo cargo de ella y decidió caminar sola a casa. En su camino de regreso a casa, sola y vulnerable, vivió su primera experiencia de acoso callejero por parte de un hombre en un auto. La institución que debía “cuidar su alma” la dejó expuesta a la violencia real. Años más tarde, al intentar acercarse a una iglesia cristiana, se topó con la segregación, cuando un hombre le ordenó que no podía sentarse donde quería porque ese lugar era solo para varones. Estas experiencias sellaron su alejamiento definitivo de cualquier institución que confunda el control y la violencia con el amor.
Muchas también hablamos de las violencias vividas desde niñas hasta la adolescencia, por el hecho de ser forzadas a habitar espacios y actividades o rituales religiosos, conductas o reglas de moralidad, que, en realidad, eran escenarios de control y desolación.
Aquí se manifiesta la fractura total del orden simbólico patriarcal, ya que se exige venerar una “paz espiritual” o un “amor incondicional” que no existía en el interior de las casas. El entorno familiar, como un infierno de gritos, insultos y tensión. Nuestras madres atrapadas en relaciones de pareja violentas, sostenidas por los dogmas de la abnegación y el perdón incondicional. Esta contradicción —la búsqueda de Dios en medio del maltrato— ha generado una conciencia de hipocresía que nos ha llevado a la ruptura definitiva con las religiones hegemónicas.
La crítica se extiende también a la contradicción material de las iglesias. Una compañera que fue misionera y aspiraba a ser monja vivió su quiebre definitivo en el Vaticano. Durante la canonización de Marcelino Champagnat, tras haber trabajado en contextos de pobreza extrema, quedó horrorizada por la opulencia y riqueza de la “santa sede”.
En una audiencia con Juan Pablo II, se atrevió a cuestionar esta riqueza frente al micrófono, desafiando a los guardias que intentaron expulsarla. Ese velo caído le mostró que la humildad que predicaban, no existía en sus templos. Más tarde, buscando llenar su necesidad de creer, cayó en una secta espiritual que, aunque no tenía un “Dios” tradicional, operaba bajo una estructura piramidal que anulaba el libre albedrío.
Fue finalmente el feminismo lo que terminó de desmontar sus viejas creencias. Al leer sobre la precariedad del amor y cómo las emociones atraviesan la cuerpa y las condiciones materiales, entendió que su fe había sido una herencia impuesta. Cuestionó por qué figuras como Lilith fueron borradas por rebeldes, o por qué la mujer que piensa es castigada en los mitos de Eva.
El camino hacia una espiritualidad propia no solo implica alejarse de las religiones tradicionales, sino también identificar cómo otros espacios supuestamente “alternativos” pueden replicar las mismas lógicas de opresión.
Una compañera nos comparte su experiencia en el llamado “camino rojo”. Buscando algo distinto a la religión convencional, se entregó de lleno, pero terminó lastimada. Descubrió que, bajo una apariencia distinta, persistían discursos que la herían, como reglas sobre no mostrar los hombros para no “provocar” a los hombres y juicios morales que, aunque más sutiles, seguían siendo opresivos. Incluso en el canto, una práctica que ella sentía sagrada vivió la intrusión masculina cuando un guía intentó abordarla tras su práctica, recordándole que su conexión no era para el consumo de otros. Harta de estas jerarquías, decidió regresar a lo esencial de su búsqueda, la conexión con la naturaleza, el reencuentro con el mar. Surfear se convirtió en su verdadera práctica espiritual, un diálogo consigo misma, un estado de presencia absoluta donde se acompaña y se alienta. Su fe ahora no es hacia un ente lejano o invisible, sino hacia un proceso de confianza en sí misma y en la red de mujeres que la sostienen.
Mujeres que mantienen la institución que las oprime
Para muchas, la religión no ha sido solo una cuestión de fe, sino una estrategia de supervivencia y pertenencia. Una de las compañeras relata cómo su madre se aferró al catolicismo tras separarse de un esposo agresor y huir de una familia igualmente violenta. Al no contar con una red de apoyo externa, los grupos parroquiales con otras mujeres se convirtieron en su único espacio de seguridad.
Esta herencia llevó a la hija a sumergirse en coros, retiros y ministerios. Hoy, ella lo ve con claridad, esta “entrega” era una forma de socializar y construir amistades profundas entre mujeres. Lo que la Iglesia llama “fe”, para ellas era la esperanza de sobrevivir a situaciones críticas como la depresión.
“Me di cuenta de que las mujeres son las que sostienen a la Iglesia. Están ahí para no estar solas, para sostenerse entre ellas frente a hombres que las han traicionado o abandonado. La Iglesia no existiría sin las mujeres”.
Surge aquí una reflexión fundamental sobre el éxito de las religiones y las sectas que es su capacidad de generar un sentido de pertenencia. Las mujeres, que son quienes crean la vida relacional y comunitaria del mundo, son la base de cualquier organización. Sin embargo, la “trampa” radica en que, aunque las mujeres sostienen la base, la figura de poder y autoridad siempre es masculina.
Se replica la dinámica patriarcal donde las mujeres limpian, sirven, enseñan y cuidan, pero un hombre (o un Dios hombre) es quien manda. Esta lógica no solo está en la religión; se cuela en grupos de ayuda y hasta en ciertos activismos. Reconocer que lo que realmente nos sostiene son los vínculos entre nosotras, es el primer paso para construir grupos propios, donde la figura de dominación masculina ya no sea necesaria.
Despojarnos de la culpa
El quiebre con la religión también ocurre cuando la identidad personal choca con el dogma. Una compañera comparte como el descubrimiento de su lesbiandad la obligó a confrontar a su familia y abandonar su grupo juvenil, pues la religión a la que pertenecían enjuiciaba y culpabilizaba su sexualidad.
Tras el rechazo institucional, pasó por una etapa de espiritualidad solitaria, un altar privado, una conexión íntima con su propio poder y divinidad. Aunque este proceso la sostuvo durante mucho tiempo, hoy reconoce que la espiritualidad no tiene por qué ser un acto de aislamiento. El nuevo reto es generar formas de conectar con otras mujeres que vean el mundo de la misma manera, transformando el “altar privado” en una conexión colectiva.
La siguiente historia de nuestra compañera da cuenta de cómo para muchas, al igual que a ella, una estructura religiosa utilizó el discurso del amor, el perdón, el pecado, la culpa y la compasión como una herramienta de domesticación y opresión desde la infancia más temprana.
A los siete años, la institución, a través de la figura de una monja, implantó una semilla de terror: el corazón sucio. “Me dijeron que mi corazón estaba lleno de “telarañas”, que era un lugar oscuro y que solo la confesión podía limpiarlo”. Se le enseñó a mirar su mundo interno con asco y sospecha. Al coincidir con el nacimiento de su hermana y sus sentimientos naturales de celos, la religión le ofreció una etiqueta destructiva que la catalogaba como “pecadora”. En lugar de recibir contención emocional para procesar sus cambios familiares, recibió una condena.
Durante la adolescencia, el entorno la empujó a las misiones. Bajo la narrativa de “darlo todo por la comunidad”, se escondía un fraude de valores. Ella recuerda semanas de precariedad física, sumada la revelación dolorosa, de que el objetivo de los “sacrificios” no era la comunidad, sino el ego del misionero.
La idea de “yo vengo a salvarlos” funcionaba como un paliativo para la culpa de clase, pero no transformaba la realidad de nadie. Al irse, no quedaba nada. Era una espiritualidad de fachada, un simulacro de servicio que solo servía para alimentar la imagen de “buena cristiana” ante la institución, mientras la desconexión con las necesidades reales de la gente (y las propias) persistía.
La inercia la llevó a repetir los rituales católicos con su primer hijo. El nacimiento de una hija fue la chispa para romper el ciclo. Entonces surgió el miedo a no tener un “angelito de la guarda” a quien rezarle. Este miedo es el síntoma de haber sido despojada de una autoridad propia; se nos enseña que solo un ente masculino y externo puede protegernos.
Sin embargo, ella como muchas de nosotras, hemos atravesado ese miedo para construir una armonía simbólica de las mujeres para las mujeres. Hoy, esa protección ya no es un “angelito” invisible, sino el sostén tangible entre mujeres. La espiritualidad ha dejado de ser una obligación dominical bajo amenaza para convertirse en un suspiro compartido frente a una cascada.
De este modo comprendemos que las instituciones religiosas tradicionales han operado frecuentemente a través de la transmisión de “introyectos de terror” que no son inocentes enseñanzas morales, es una agresión en la que desde niñas aprendemos a desconfiar de nuestro propio interior. Es importante recordarnos que el miedo a ser nosotras mismas y la culpa por serlo son respuestas traumáticas a un sistema que busca el control corporal.
El Dios de las mujeres
Otra perspectiva surge desde la obra de Luisa Muraro, filósofa de la diferencia sexual. En su libro El Dios de las mujeres, Muraro no busca establecer una nueva doctrina o lineamientos rígidos, sino resignificar la figura simbólica de lo divino. Propone que, si estamos hechas a imagen y semejanza de Dios, el Dios de las mujeres debe tener características propias, distintas a las del Dios de los hombres.
“Dios es el nombre que las mujeres han dado a su libertad de no pertenecer a ningún hombre. No se trata de creer que Dios existe, sino de hacer que Dios exista en nuestra experiencia de libertad.”[2] Bajo esta lógica, Dios debe representar la vida y la armonía simbólica de las mujeres. Es un Dios que se descubre en la medida en que cada mujer reconoce quién es ella y cómo se relaciona con otras. Mientras que el “Dios de los hombres” tiene sus características (esclaviza, castiga, manda y se comunica solo a través de varones), el Dios de las mujeres cobra sentido en la existencia colectiva y femenina. Muraro no habla necesariamente de “la diosa”, sino de una trascendencia que no requiere mediación masculina. Nuestra propia cuerpa y nuestro deseo son puentes directos hacia lo absoluto.
En una línea similar las teólogas feministas llevan tiempo haciendo investigación crítica y académica de la tradición cristiana para eliminar el androcentrismo y el sexismo, promoviendo la dignidad de las mujeres. Han realizado aportaciones fundamentales en la relectura de textos, la imagen de Dios y la estructura eclesial para desmantelar la interpretación patriarcal.
El Retorno a la Diosa: ancestras y sabiduría corporal
“Si Dios es varón, entonces el varón es Dios. La liberación de las mujeres implica la caída del ídolo que es el Dios patriarcal” — Mary Daly.
La ruptura definitiva con el mandato patriarcal se presenta al cuestionar la construcción antropomórfica y masculina de la divinidad: “¿quién dijo que Dios es hombre? ¿a quién le sirve que Dios sea representado como varón?” Estas interrogantes son un movimiento rebelde que abre el paso a una espiritualidad descolonizada del desorden simbólico masculino.
Desde la perspectiva del pensamiento de la diferencia sexual, el desprendimiento de las estructuras religiosas y espiritualidades androcéntricas constituye el acto político de “partir de sí”. Este tránsito representa la afirmación de una subjetividad femenina no patriarcal. En este proceso, algunas mujeres desplazan la mirada del “Dios Padre” o del “Confesor” hacia el retorno a la cultura matrística y la reivindicación del poder simbólico de lo materno, restaurando así la genealogía femenina y validando una autoridad espiritual propia de las mujeres.
Una compañera narra cómo, al perder el diálogo infantil que tenía con un “Dios” que le daba seguridad, se sintió desprotegida. Intentó buscar esa paz en la iglesia católica junto a su abuela, pero solo encontró regaños e incongruencia. Su conclusión llegó recientemente; la seguridad que buscaba no estaba en la misa, sino en la naturaleza, en sus amigas y en sus propios procesos creativos como escribir y pintar. Al final, descubrió que creer en sí misma y entablar un diálogo interno amable y tierno era la espiritualidad que siempre estuvo buscando.
También la respuesta a la pregunta “¿a quién le pido?” ha llegado a través del contacto con las ancestras, las abuelas y las tantas mujeres que vinieron antes de nosotras y que podemos encontrar en las huellas antropológicas e históricas de nuestro territorio.
Este proceso implica incluso cuestionar el deseo de ser “protegida” o “cobijada”, analizando si esa necesidad es un residuo patriarcal. Reconocemos que quienes realmente nos han criado y sostenido han sido las mujeres cercanas, no un ente masculino. El concepto de “Dios creador” en las religiones patriarcales es, en realidad, una usurpación de la capacidad creadora de las mujeres. Los hombres no crean vida; por ello, la reconfiguración de ese simbolismo solo hace sentido cuando se encarna en la existencia femenina.
Muchas mujeres han pasado años pensando y sintiendo la divinidad femenina en silencio, hasta que logran nombrarlo reconociéndose diosas, no en delirio místico, ni en misticismo pasivo o despolitizado, sino en comprensión de que la divinidad y la sacralidad existen en femenino libre, en sí mismas y en otras mujeres.
Otra compañera enuncia lucidamente: “No necesito creer en algo que está ahí afuera o en algo superior, sino en mí”. Este camino la llevó eventualmente a las diosas desde una perspectiva de poder creativo y dador de vida, libre de sesgos hegemónicos. Hoy, aunque ama la figura de las diosas, su base es la fe en sí misma como mujer viva.
Diosa no es una figura lejana, punitiva ni externa; habita en el arte, en la naturaleza, en el cuidado, en la vida cotidiana, en la potencia de crear lo que deseamos. Es una presencia inmanente, no una promesa trascendente; reside en una misma y en el vínculo con las otras humanas, animalas y plantas. Ella refleja la totalidad y la complejidad de nuestra existencia, a través de los distintos rostros y nombres de las diosas se crea una simbología que abraza la rabia, el enojo, la fuerza, el poder destructor y la muerte, rompiendo con la imposición patriarcal de que lo femenino debe ser solo luz, compasión, pasividad y cosas bonitas.
Esta construcción de una espiritualidad propia ya sea a través de la naturaleza, de las diosas, de las flores, de la escritura, del baile, de la pintura, de la luna, de la tierra, de las plantas, de las aves, del mar o del propio poder interno viene a llenar el vacío que las instituciones religiosas, con sus lógicas de control, nunca pudieron satisfacer. Para algunas, incluso tras haber rechazado toda espiritualidad por considerarla una forma de daño, el reencuentro con la vida misma se convierte en su única y verdadera fuente de conexión espiritual.
Espiritualidad de las mujeres: Lo espiritual es político
Hoy, la espiritualidad para muchas de nosotras ya no está en los templos, sino en conectar con lo que se puede ver y tocar, con lo que da calma real, habitar lo espiritual en lo cotidiano, y sobre todo no imponer creencias, sino dejar la puerta abierta a la elección. Frente al dogma, las compañeras han encontrado rutas de sanación que pasan por lo colectivo, por ejemplo:
La conexión con las ancestras: Reemplazar al “Dios creador” (una usurpación de la capacidad creadora femenina) por el vínculo con las abuelas y las mujeres que nos precedieron.
La espiritualidad en la naturaleza: El mar, el cerro, la noche, o el simple acto de caminar en silencio, respirar, se convierten en prácticas espirituales donde no hay juicios ni jerarquías.
El diálogo interno: Pasar de un Dios castigador a una conversación interna amable, tierna y protectora. Creer en una misma y en las relaciones entre mujeres como una forma de espiritualidad.
Estas experiencias no son hechos aislados, sino manifestaciones vivas de lo que hoy denominamos espiritualidad de las mujeres. Esta transición de una espiritualidad expropiada a una espiritualidad propia no es solo un cambio de creencias; es un movimiento de liberación profunda en la psique y la cuerpa.
La espiritualidad de las mujeres abona a la creación de una armonía simbólica femenina. Tal como explica María J Binetti: “La espiritualidad feminista apela a la experiencia propia de las mujeres, a sus disposiciones y prácticas, como fuente de sentido y autoridad.[3]
La espiritualidad de las mujeres no es un dogma, sino un tejido multicolor de fuentes: el neopaganismo, la tealogía (estudio de la diosa), el ecofeminismo, la recuperación de saberes de las mujeres de pueblos originarios y del feminismo comunitario. Como bien ilustran los testimonios anteriores, recuperar una espiritualidad propia es un acto político, ya que desmantela los discursos que han regulado nuestras cuerpas y que aun pretenden dominar la vida de las mujeres.
[1] IG @daliafuega
[2] Cfr. Luisa Muraro, El Dios de las mujeres, trad. María-Milagros Rivera Garretas, Producción Gráfica, 2006
[3] María j. Binetti , La espiritualidad feminista: en torno al arquetipo de la diosa, pág. 37